Babilonios, ¿cuántas lenguas necesitamos?

[Sobre los aspectos económicos, políticos y culturales de la diversidad lingüística]

La pregunta puede parecer más o menos políticamente correcta, pero no podemos ignorarla por improcedente, pues sobrevuela esta nueva Babel que es el mundo globalizado. Se dirá, con razón, que mientras haya dos hablantes, cualquier lengua es necesaria; además, todas las lenguas son importantes –incluso las muertas– para conocer mejor la historia, la cultura y la mente humanas. La lengua es, casi, una prolongación del alma (de la conciencia, que decimos hoy), pero a la vez es un instrumento de comunicación que obliga a plantearnos cuántas necesitamos para ser eficaces.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántas lenguas vivas quedan en el mundo (la cifra exacta parece estar mas cerca de las 7.000 que de las 6.000). La mitad de la población tiene como lengua materna una de las 11 más habladas. De ellas, el inglés se habla prácticamente en todos los rincones del mundo, aunque no todo el mundo ni mucho menos lo habla o entiende. Sin ir más lejos, en la Unión Europea de los 27 (UE-27), hay 23 lenguas cooficiales y el inglés es de facto el idioma vehicular de la política, la administración y los negocios, seguido del alemán y del francés. Sin embargo, el 63% de los ciudadanos de la UE no habla o entiende el inglés, el 75% no habla o entiende el alemán y el 80% no habla o entiende el francés. La lengua es, incluso en la democrática Europa, una barrera para la igualdad de oportunidades y un desafío para la administración.

¿Qué decir entonces de la India, donde 1.000 millones de personas tienen una treintena de lenguas maternas diferentes? ¿O de Camerún, con nada menos que 279 lenguas? El caso de Nigeria, el país más poblado de África y el quinto del mundo, es especialmente interesante y problemático al contar con unas 521 lenguas, de ellas 510 vivas, 9 extinguidas y 2 sin hablantes nativos. Tras su independencia en 1960, se decidió, para bien y para mal, que la lengua oficial del nuevo país fuera el inglés.

Está claro que todas las decisiones políticas que se toman con respecto a las lenguas favorecen a unas y perjudican a otras. Y que las lenguas con más hablantes y, sobre todo, con más peso económico llevan las de ganar. Entonces, ¿cómo organizar la vida pública de una sociedad democrática para que sea eficiente y a la vez se respeten los derechos de todos los hablantes? Esta es la cuestión que abordan los economistas Shlomo Weber y Victor Ginsburgh en su libro How many languages do we need? (Princeton University Press), en el que analizan a fondo la diversidad lingüística como fenómeno económico, político y cultural. Los autores dicen que hay muchos ejemplos en la historia que demuestran que la diversidad lingüística es cara, perjudicial y a menudo divisoria, pero sostienen que no existe un grado óptimo de diversidad para una sociedad.

La gran paradoja de Babel es que la lengua es lo que une a la gente y a la vez lo que la separa. Por eso, la tentación de imponer la eficacia sobre otras consideraciones puede traer efectos indeseados. Como dice Rafael Sánchez Ferlosio en su ensayo Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, “babilonios somos; no nos vuelva la tentación de levantar ninguna torre juntos. Más bien, ¡dejémonos ya de una vez por imposibles los unos a los otros, como buenos hermanos!”.

Foto: Torre de Babel, de Marta Minujin, en Buenos Aires (2011) / Gustav’s / Flickr

 

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