Una historia de amor cualquiera: sobre el adverbio “agusto”

Tightrope

La capacidad de un idioma para generar palabras nuevas es quizá uno de los mejores indicios de buena salud lingüística. El español, en ese sentido, muestra una rubicundez envidiable. Ya sea castellanizando sin sonrojo, generalizando nombres propios o a golpe de morfema derivativo, la más que fecunda producción léxica tanto a este lado del charco como allende el Atlántico parece indicar que tenemos hispanidad para rato.

Más allá de las vías habituales de acuñación de palabras (tan comentadas, tan estudiadas), hay otra veta (quizá menos espectacular) que nos proporciona con cierta regularidad magníficos ejemplares: son las palabras que a fuerza de cohabitar en forma de locución acaban fusionándose y formando un término nuevo, como esa pareja de compañeros de piso que, tras años de agradable convivencia fraternal, descubren que están hechos el uno para el otro y deciden formalizar su relación bajo el sagrado lazo de la unión léxica.

Frente a la fugacidad de los neologismos habituales que nacen de coyunturas pasajeras (amores de verano tan perecederos como las modas que los trajeron, neologismos que suelen acabar haciendo mutis por el foro para no regresar), las palabras nacidas de la fusión de locuciones son un elogio en toda regla a la lentitud, y son estas construcciones guisadas a fuego lento y solidificadas tras décadas de amistad respetuosa y distancia cordial las que acaban dando lugar a relaciones estables y duraderas. Palabros como siquiera (de si quiera) o alrededor (de al rededor) constituyen buenos ejemplos de este discreto fenómeno gramatical, adverbios que nacieron porque el roce hace el cariño y la locución la palabra.

 

Caracoles

Constituyentes léxicos comprobando su grado de compatibilidad

 

Puestos a hacer lingüística-ficción, no es descabellado pensar que en unas décadas la locución de repente quizá acabe fosilizando en (el por ahora incorrecto) derrepente. A fin de cuentas, el pobre repente apenas sale a pasear si no es del brazo de la preposición de y la expresión darle un repente no se le escucha ni a las abuelas. Pero si hay una apuesta segura en la quiniela es la muy anodina locución adverbial a gusto, que ha consumado ya la unión bajo nuestras propias narices y por lo tanto podría considerarse de facto un adverbio, es decir, agusto. Los datos documentales son bastante halagüeños: agusto no solo campa a sus anchas en textos relajados de escasa rectitud ortográfica, sino que también se hace hueco en los fondos documentales, incluso en los de más rancio abolengo (once apariciones en el flamante CORPES de la Academiacinco en el CREA, un par en el prestigioso Corpus del Español, más de un centenar de apariciones en el corpus Hemero).

Sin embargo, no es la presencia documental la que demuestra que deberíamos dejar de considerar a agusto como una indeseable errata para reconocerle su solidez como adverbio. La prueba definitiva es la existencia de la aparentemente inocente construcción a gustísimo (o debería decir agustísimo). El sufijo -ísimo se une adjetivos para formar superlativos (fresquísimo, amabilísima), pero también a algunos adverbios para “superlativizarlos” (como temprano, pronto o cerca; tempranísimo, prontísimo, cerquísima). A quien no se une jamás el sufijo -ísimo es a sustantivos. Por lo tanto, si la locucióna gustísimo (analizada tradicionalmente como preposición + sustantivo) la consideramos válida (y no parece que haya motivos para repudiarla), tenemos tres opciones:

  1. Seguir considerando que gusto en a gusto es un sustantivo, lo que convertiría a a gustísimo en un caso insólito en la que -ísimo se combina con un sustantivo.
  2. Empezar a considerar que gusto en a gusto es un adjetivo (y por eso es susceptible de unirse a -ísimo). Puesto que no flexiona en género ni número (El niño está a gusto, ¿La niña está a gusta?) y no hay más pruebas que sustenten la teoría de la adjetividad, parece una opción poco aceptable.
  3. Asumir que el amor ha triunfado una vez más y que suenan campanas de boda para agusto, que pasaría a ser un adverbio, puesto que eso indican su naturaleza (in)flexiva (El niño está agustoLa niña está agusto), su combinatoria sintáctica (muy agusto) y su más que buena relación con el sufijo -ísimo (agustísimo).

Si parece un adverbio, nada como un adverbio y grazna como un adverbio, no nos queda otra que asumir que es un adverbio, aunque, como siempre, habrá que esperar a que sea la realidad (es decir, los hablantes) quien finalmente sentencie el futuro de esta relación prometedora, pero aún en ciernes.

 

 

2 ideas sobre “Una historia de amor cualquiera: sobre el adverbio “agusto”

  1. Muy interesante esta entrada.
    Con lo engorroso que suele ser a veces el tema de los adverbios y la temible pregunta “todo junto o separado”, que en multitud de ocasiones nos deja en jaque. He de reconocer que la he leído muy a gusto (el corrector me ha censurado el abrazo y la fusión de los términos, qué le vamos a hacer).

  2. Manuel M dice:

    “Ahora que estamos tan a gustiiito, tan a gustiiito…”

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