Sobre la etimología popular o Rin Tin Tin como interlocutor

El origen de las palabras fascina por igual a especialistas y profanos. Además de ser un estupendo tema rompehielos o un buen recurso para asombrar a los colegas en el bar, a casi todos nos emociona descubrir que  considerar significaba etimológicamente «preguntar a las estrellas» (y de ahí su parentesco morfológico con sideral) o que obsesionarse deriva de obsedire, literalemente «sentarse en frente». Escarbar en el significado primigenio de un término parece que nos acerque a la realidad original del objeto, aun cuando sepamos de sobra que los significados no son nada más (ni nada menos) que una convención entre hablantes.

Pero si la capacidad de asombro del ser humano es inmensa, su habilidad para tirarse el moco es aún mayor. Camufladas entre las etimologías verdaderas, circulan numerosas historietas falsas que intentan explicar el origen de algunas palabras de manera fraudulenta. A estas impostoras se les conoce como etimologías populares, aunque a nosotros nos gusta llamarlas cariñosamente timologías, porque tienen más de timo que de étimo. Casi todos conocemos alguna. Hace poco nos llegó el supuesto origen de la palabra sincera, originada en los talleres de escultura del Renacimiento (hay una versión que mantiene que en los de la Antigua Roma), ya que cuando al escultor se le iba la mano con el cincel y dañaba el mármol, disimulaba el estropicio con un pegotón de cera. De ahí, que, a las estatuas auténticas se las llamase sinceras (sin cera), adjetivo que dio lugar a nuestro actual sincero/a, «que no miente, que es cierto». La anécdota es estupenda, aunque el origen real de sincero (que es bastante más aburrido) no tenga nada que ver con la cera ni con los escultores.

Estos chascarrillos timológicos serían simplemente explicaciones apócrifas sin ninguna trascendencia de no ser porque a veces la ficción se cuela en la realidad y los hablantes acaban  haciendo asociaciones creativas entre palabras sin ninguna relación previa, dando pie a deformaciones que acaban cuajando en la lengua. Un ejemplo popular de este fenómeno es el clásico (y no admitido) mondarina, hermana bastarda de mandarina, nacida de la falsa idea de que esas bolitas naranjas se pelan, es decir, se mondan. El popular «no hay tu tía» es también un clásico de esta familia.

Pero el mejor sin duda es el extraño caso de cerrojo. Cerrojo en realidad surgió de verucŭlum (derivado a su vez de ferrum), que significaba «barra de hierro» (básicamente, un cerrojo). El problema vino cuando se extendió la falsa idea de que en realidad venía de cerrar, puesto que era para lo que servían los cerrojos, y en vez de continuar su evolución esperable, llegó cerrojo a nuestras vidas.

En este mismo momento, bajo nuestras narices, hay una nueva estafadora haciéndose hueco en el léxico. Y es que a la tradicional retintín, más conocida por su colocación «decir algo con retintín», le ha salido una versión adulterada aunque mucho más folclórica, rintintín, suponemos que por influencia del perro televisivo Rin Tin Tin. La búsqueda en Google, corpus entre los corpus, es descorazonadora: «con retintín» devuelve 22.000 resultados; «con rintintín» roza los 32.000. Sospechamos que de aquí a unos siglos, correrán rumores sobre la sutil ironía de Rin Tin Tin, el famoso perro parlante cuya prosodia socarrona dio lugar a la expresión.

3 ideas sobre “Sobre la etimología popular o Rin Tin Tin como interlocutor

  1. Marcial Fonseca dice:

    Elena, como siempre, muy bueno. Por ahi tambien circula el origen de la palabra carajo, imputado a una costumbre que habia en los tiempos de Cristobal Colon.

  2. Lara dice:

    Buenos días:
    Fascinada por la etimologías de las palabras ya me quede ‘enganchada’ a uno de tus post cuando leí la versión personal de la palabra ventana (mucho mejor la tuya).

    He disfrutado con esta lectura muchisimo, ¿qué mejor para empezar el día? (lectura y el café).
    Mil gracias y espero leer más (gracias Tamara por mandar el post y acordarte de mi)

    Un abrazo molinero.

  3. eva dice:

    Y es que los hablantes somos buenísimos encontrando orígenes alternativos a algunas de nuestras palabras. El otro día en casa tuvimos el siguiente debate: «fideligno» versus «fidedigno». El diccionario de la RAE decantó la balanza a favor de la segunda. Supongo que el fallo popular (¡el mío!) venía por creer que la palabra deriva de «fidelidad». La versión correcta (que defendía Blanca, de México) viene del latín para «digno de fe».

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