La prolífica confusión de ‘bikini’ o La morfología como Lego

Las palabras no son unidades indivisibles. La mayoría de ellas están compuestas por trozos más pequeños que podemos reconocer y que podemos utilizar para formar otras palabras. Así, entendemos que electoral es un adjetivo derivado de elector, de la misma manera que colosal deriva de coloso.

Es decir, las lenguas funcionan como Legos: tienen distintas piezas morfológicas que podemos combinar para construir palabras. Cada lengua tiene unas piezas determinadas y unas reglas sobre cómo pueden unirse : el español tiene unos ladrillos que le son característicos, mientras que el sánscrito tiene otros. Nuestras lenguas hermanas como el portugués o el italiano tienen sus propios ladrillos, pero es fácil dar con piezas comunes o muy parecidas debido a la herencia compartida del latín.

Al importar una palabra extranjera puede ocurrir que la palabra en cuestión tenga unos ladrillos que nos sean ajenos y no podamos ni siquiera reconocerlos como ladrillos. Es el caso de espagueti o taliban, palabras que en su lengua de origen contienen un morfema (un ladrillo) de plural (-i y -an respectivamente). Sin embargo, esos ladrillos de plural no se parecen a nuestro ladrillo de plural, y por lo tanto pasan desapercibidos ante nuestros oídos, acostumbrados a identificar como plurales sólo los ladrillos que acaban en S, así que acabamos dando por sentado que son singulares y creando sus correspondientes plurales a la española (espaguetis y talibanes).

No obstante, el caso contrario también se da: importamos una palabra que tiene la buena fortuna de llevar una sucesión de letras que coincide con uno de nuestros ladrillos morfológicos, aunque en la lengua original no fuese un ladrillo. Es decir, la palabra tiene una estructura que hace que la tratemos como si llevase alguno de nuestros ladrillos, y convertimos en pieza morfológica algo que en realidad no era un ladrillo.  Es el caso de bikini, una palabra que nos trajimos del idioma marshalés, hablado ¡oh sorpresa! en el atolón Bikini. Bikini (que en marshalés deriva de Pik, superficie, y Ni, coco) se hizo tristemente famoso por las pruebas nucleares que allí se realizaron entre 1946 y 1958, más o menos la época en la que se popularizó el traje de baño de dos piezas. En un alarde de ingenio y chispa, los comerciales decidieron bautizar el nuevo bañador con el nombre de bikini, aludiendo (benditas metáforas) al estilo explosivo y provocador de la prenda.

En las lenguas que de cerca o de lejos beben del latín (como el español), bi- es un prefijo que significa dos, como en bimestral, bifurcación o bicicleta. Y claro, si un bañador que tiene dos partes se llama bikini, es cuestión de tiempo que a bikini le salgan hermanitos que nunca hubiese tenido en su lengua origen. Basta con quitar el (falso) prefijo bi- y alternar distintos prefijos sobre la base -kini. Y así, según fueron saliendo nuevos modelitos veraniegos fueron acuñándose trikini, monokini, microkini y otras variantes más o menos festivas (hasta es posible dar con un minoritario cerokini com sinónimo de nudismo). Y todos nacen del error de interpretar que el bi- de bikini era un prefijo que significaba «dos».

La última incorporación a la familia de los kinis es el burkini, nombre con el que se denomina a una especia de neopreno que usan como bañador las musulmanas estrictas. No obstante, el procedimiento para formar esta palabra no es la alternancia de prefijos sino el blending, es decir, la fusión de dos palabras, procedimiento que a la larga suele resultar poco fructífero en castellano.

Habrá que esperar para ver qué tal se adaptan estas criaturas morfológicas a nuestro ecosistema léxico.

 

3 ideas sobre “La prolífica confusión de ‘bikini’ o La morfología como Lego

  1. Javier dice:

    Estupenda entrada, y muy clarita.

  2. Elena, muy buena y enjundiosa la entrada. Sin ser erotico, cuando dices «…Y claro, si un bañador que tiene dos partes se llama bikini…»; pudiera leerse que divide en dos partes las «…. benditas metaforas»
    MF

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