¿Hablas binario?

Hace poco descubrimos un nuevo estudio del neozelandés Quentin Atkinson que muestra que, a medida que nos alejamos de África, las lenguas tienden estadísticamente a reducir su número total de fonemas (definición a quemarropa: sonidos con capacidad de distinguir significados). Si en África, cuna del homo sapiens, se hablan lenguas que alcanzan los 200 fonemas, territorios relativamente nuevos para el hombre, como Nueva Guinea, cuentan con maravillas como el rotokas central, cuyo sistema consonántico se puede resumir en: /p/, /t/, /k/, /b/, /d/, /g/, /m/, /n/, /ŋ/.

Aquí tenéis un pequeño resumen del estudio, con detalles bastante interesantes y polémicos.(no ha tardado en salir el que dice que todo esto es una burrada…)
Ahora yo me pregunto una cosa: ¿significa esto que el día que colonicemos Saturno hablaremos en binario? Aparte de ser una gran chorrada, lo que acabo de decir metaforiza el código binario como un lenguaje con únicamente dos fonemas: /1/ y /0/. A las máquinas les viene de lujo tener solo dos fonemas (1 = pasa corriente; 0 = no) pues tienen una memoria mucho más grande y fiable que la nuestra, y por lo tanto pueden construir sin demasiada dificultad una diversidad de significados a partir de la acumulación de cadenas compuestas por tan solo dos caracteres. Ahora imaginad una lengua natural donde solo haya dos fonemas: /a/ y /b/. ‘abababa’ significa ‘hola’, pero ‘ababababbb’ significa ‘tres tristes tigres’, y ‘abbbbbababbaababababab’, ‘Fernando Sánchez Dragó’. ¡Menudo follón!

Está claro que tiene que haber un límite, todavía no descubierto, entre lo que puede llamarse fonémico-cuantitativamente «lengua natural» y lo que no. ¿Lo intentamos descubrir?

El rotokas central nos ofrece una pista respecto a este límite. No es casual que las consonantes del rotokas sean las que son; al contrario: están organizadas como una alucinante maquinaria de relojería donde todo está pensado para mantener de plena actualidad un ancestral tira y afloja que ha estado presente en todas las lenguas de todas las épocas: el principio de economía. Afrikicémoslo un poco para mayor claridad: un buen día en la Comarca, el señor Frodo y Sam se están escondiendo de unos nazgûl tras unos setos, pero Pippin, que estaba haciendo su segunda merienda y no ha visto el peligro, se encuentra en medio del prado cantando una de sus bochornosas canciones hobbit. Es cuestión de segundos que el incauto Tuk sea descubierto y decapitado en menos de lo que se tarda en decir «¡las sirven por pintas!». Solo sus amigos pueden salvarlo. Pero claro, Frodo y Sam todavía tienen que llegar al final del libro para poder declararse amor mutuo, por lo que van a intentar salvar al hobbit sin ser descubiertos, con un susurro. Este susurro tiene que cumplir, por lo menos, cuatro condiciones indispensables que parecen contrapuestas: 1) ser lo bastante fuerte como para que Pippin lo oiga por encima de su ridícula canción, 2) ser lo bastante débil como para que los nazgûl no los descubran, 3) ser lo bastante breve como para que Pippin se ponga a salvo cuanto antes. 4) Ser lo bastante largo como para que Pippin entienda que se trata de un susurro.

«Yo tengo una idea mejor…».

Es evidente que hay que encontrar un compromiso, un término medio, entre estas cuatro variables si se quiere cumplir de la mejor forma posible el propósito de salvar al incauto hobbit, es decir, de comunicarse de una manera lo más efectiva posible. Este compromiso es de lo que se trata el principio de economía: intentar comunicar lo máximo posible con el mínimo esfuerzo necesario. En nuestro ejemplo tenemos el peligro como acicate para la brevedad, pero en la vida no friki es más fácil encontrarse algo más prosaico en el papel de esta función, como el aburrimiento del que nos escucha: si la información es redudante, se tiende a su eliminación (de ahí, por ejemplo, la supresión del pronombre personal en castellano, donde existe una flexión verbal que ya aporta la información de persona). Tanto Frodo como Sam, por cierto, tendrán concepciones distintas de lo que es este compromiso, pero en cualquier caso ambos respetarán unos límites: puede que Sam susurre más alto que Frodo, pero en ningún caso, puesto que no es un Ent, se pasará susurrando cuatro meses seguidos.

Si echamos un vistazo al sistema consonántico del rotokas para ver cómo se cumple en él el principio de economía, vemos que: 1) las consonantes necesitan sonar lo bastante distintas al oído como para que no se confundan, pero 2) las consonantes no pueden producirse de manera tan distinta que sea un lío pronunciarlas (por muy divertido que suene, no podría inventarme una consonante que fuese un estornudo y pasarme la vida haciéndome cosquillas en la nariz con una pluma). Para todo el que sepa un poco de fonética, la eficiencia y simetría con que el rotokas negocia estos parámetros da mucho miedito. Punto de articulación, sonoridad y nasalidad: solo tres variables, nueve posibilidades, para producir un número infinito de significados. Cada una de estas consonantes parece repartida en la boca con una vara de medir. Bastante opuesto al binario, ¿no?

Pero, ¿cuál es el límite? ¿Cuánto podemos reducir los fonemas de una lengua hasta que se rompa el principio de economía, y por lo tanto su condición de «lengua natural»? Los que sepan algo de árabe sabrán que no hay diferencia entre /p/, /t/, /k/ por un lado y /b/, /d/, /g/ por el otro, pero esto se suple añadiendo otras complejidades, por lo que no nos vale como ejemplo.

Lamentablemente, una vez más nos encontramos con la frontera final del ejercicio teórico del lingüista, ese deseo oscuro que nos acecha en lo más profundo de nuestros corazones, pero que siempre quedará relegado al maquiavélico terreno de las utopías inconfesables que nunca nos atreveremos a realizar: coger a unos inocentes bebés, montar con ellos un show de Truman donde solo se hable lo que nosotros queramos, y ver qué demonios pasa con sus pequeños y blanditos cerebros. ¡Lástima! Pero si alguien tiene una idea menos del Doctor Mengele, que por favor nos deje un comentario.

3 ideas sobre “¿Hablas binario?

  1. Kuikailer dice:

    Muy divertido. Sólo que debe existir una compensación entre el sistema fonético y cuatro categorías: que haya comunicación, el tiempo de ejecución -que ya comentáis-, el esfuerzo (en Suprasegmental lo llamaban directamente ‘calorias usadas’ o economía del lenguaje)y el peso semántico (que provoca el famoso «malamente»)

    Al «reducir» fonemas consonánticos normalmente se produce un desdoblamiento de sonidos vocálicos, caso del plattdeutch, hochdeutch, escandinavos o en el español de los modos periféricos -la no desaparece, provoca apertura de la vocal, por un poner- En el caso de lenguas asiáticas como el chino recurren a la politonalidad: comprar y vender se diferencian en el tono ascendente o descendente :-S En África, por lo que sé de Wolof, tienen muchas limitaciones que les obliga a préstamos del francés -algo parecido al filipino-

    Lo del árabe es cierto, pero también lo es las 4 /x->h/ o las dos /t/ que tienen. El verbo ser no se usa apenas, los genitivos no se pronuncian y las vocales ni se escriben. Quita de aquí, pon allí.

    En fin, como conclusión las tendencias en español, por lo menos en los modos periféricos, consisten en simplificar las consonantes implosivas asimilando assurdo, perfecto-> perfetto> como ya hiciera el italiano, doblar vocales y añadir la schwa (tres /e/), eliminación de -d- intervocálicas en participios… Ahm y que el sistema de escritura se adapte si no quiere llegar al barroquismo francés, al ‘invéntate la pronunciación’ del inglés o al cada vez más común lenguaje SMS que desde mi perspectiva empieza a sobrepasar los límites del contexto donde se originó ^_^

    Ea, ya lo he soltado, me he quedao tranquilo 😛

  2. Kuikailer dice:

    El html se ha comido alguna cosilla :-O

  3. Javier dice:

    Sí, te has comido dos veces la S de deutsch.

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