En defensa del pan tumaca o sobre la adaptación de extranjerismos

Quizá la mayor conmoción a la que el catalanoparlante medio se enfrenta cuando llega a la meseta es la de descubrir que, al menos en Madrid, llamamos sin ningún sonrojo pan tumaca al pan con tomate. Lo llamamos, y lo escribimos. Para mí, mesetaria con pocos vínculos con el Mediterráneo, fue una sorpresa enterarme de que mi muy normal pan tumaca era una deformación del auténtico pa amb tomàquet

Muchos autóctonos considerarán (quizá con razón) que esta deformación macarrónica y pelín grotesca denota poca sensibilidad lingüística. Habrá quien sostenga que es un ejemplo del paletismo idiomático propio de las sociedades monolingües. Lo cierto es que, a los ojos de un lingüista, el engendro pan tumaca es un bello ejemplo del funcionamiento profundo de las lenguas.

A pesar de los mensajes apocalípticos que a veces nos llegan (¡Los anglicismos invaden la hispanofonia! ¡El español se muere!), las lenguas suelen ser bastante selectas en cuanto a los extranjerismos que incorporan. De las valientes palabras que se deciden a emigrar a otros lares, sólo algunas escogidas consiguen hacerse hueco en la lengua de llegada sin demasiados traumas. ¿Qué determina que algunas palabras entren y otras no? No sólo deben resultar útiles. Además, tienen que ser discretas, es decir, no deben resultar excesivamente exóticas respecto a las nativas. Las lenguas tienen una reglas profundas (y casi imperceptibles) que establecen el aspecto que han de tener las palabras que formen parte del vocabulario, algo así como la etiqueta exigida (nada de deportivas, sólo camisas bien planchadas, vaqueros prohibidos) para poder formar parte del lexicón de la lengua. En el caso del castellano, tenemos especial fobia a las palabras que no se pronuncian como se escriben. Puestos a pedir, también preferimos algunas estructuras silábicas (como la alternancia consonante + vocal), sólo aceptamos determinadas combinaciones consonánticas (B, G, F, C, P hacen buena pareja tanto con L como R, mientras que la D y la T se mantienen fieles a la R) y nos gusta que las palabras terminen en vocal (a ser posible A, O o E) o, si lo hacen en consonante, que sea R,S,L,N,D o Z (truco para estudiantes en víspera de exámenes: las consonantes de RoSaLiNa DíaZ). Todo lo que se salga de ahí, nos hace arrugar la nariz, acaba dando problemas y, por lo tanto, tiene menos posibilidades de ser bien recibido.

Extranjerismo inadaptado intentando hacer amigos

Extranjerismo inadaptado intentando hacer amigos

¿Y qué pasa cuando la palabra extranjera se sale de estos cánones y llama demasiado la atención? La disfrazamos, intentando disimular aquello que nos resulta extraño. La tendencia natural en la castellanización es retorcer la palabra para escribirla tal cual se pronuncia.  Algunas castellanizaciones en este sentido resultan más o menos afortunadas. Fútbol se siente como en casa y hasta ha producido prolija descendencia como futbolero o futbolístico. Beicon parece haberse adaptado razonablemente bien. Champú cuela, y aunque su plural nos da quebraderos de cabeza (¿champús o champúes?), sobrevive con dignidad en los estantes de perfumerías y grandes almacenes.  Sin embargo, otras son bastante desgraciadas. Si forzamos demasiado, corremos el riesgo de acabar poniéndole un traje de faralaes a un señor irlandés pelirrojo y lleno de pecas, creyendo que así lo haremos pasar desapercibido y colará por nativo, como le pasó al pobre whisky, reconvertido artificialmente en güisqui por la RAE en un intento por hispanizar lo inhispanizable.

Volviendo a nuestro pan tumaca, la expresión pa amb tomaquet cantaba en castellano cual cacatúa tropical en mitad de La Mancha: no hay palabras que terminen en mb en español, y sólo unas pocas escogidas que terminen en t (latinajos como déficit y poco más). Así que hicimos lo que mejor se nos da a este lado del Ebro, que es escribir las cosas tal cual se pronuncian, y como la O catalana es más bien cerrada y la E más bien abierta, el tomaquet devino en tumaca,  el engendro se multiplicó y pobló las pizarras de los bares.

La tendencia a moldear extranjerismos para adaptarlos a nuestra imagen y semejanza es universal y en todos lados cuecen habas: nuestro vino de Jérez se vio rebautizado como sherry en Inglaterra, y hasta los pobres romanos tuvieron que bregar con los palabros que se trajeron del griego clásico (y que, para más inri, se escribían en otro alfabeto). No hay, por tanto, nada de qué avergonzarse. Esperemos que el hábil tumaca permanezca alegrando desayunos y diccionarios durante largos años.

 

21 ideas sobre “En defensa del pan tumaca o sobre la adaptación de extranjerismos

  1. Un critico dice:

    Hola Elena:

    Me ha gustado tu artículo aunque no estoy de acuerdo con algunas cuestiones, especialmente la de la combinación (TL). Ese pensamiento es muy eurocentrista. Casi cualquier latinoamericano separa en sílaba atleta de la siguiente manera a-tle-ta.

    • De acuerdo con lo de que en América, especialmente en México, resulta muy natural la combinación de tl.
      De hecho las palabras en español que contienen la combinación «tl» o han entrado directamente del griego sin pasar por al latín en los últimos años [unos 200] como atleta, o vienen de América.

      Un saludo y gracias por comentar

      Eduardo

  2. Mireia Vitry dice:

    Des del Mediterráneo catalán, me ha encantado tu análisis!

    La verdad es que yo, como tantos y tantas, aluciné cuando vi escrito «pan tumaca» por primera vez en algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre reconozco que no me acuerdo (no porque no quiera :P).
    De hecho, la incorporación de un extranjerismo como «pa amb tomàquet» bajo la forma «pan tumaca» demuestra el buen estado de salud de la lengua castellana: puede adoptar palabras de otras lenguas y es capaz de hacerles un hueco en el diccionario con naturalidad.

    En un mundo en el que las interacciones entre culturas, y comunidades lingüísticas, es tan frecuente, es normal que aparezcan nuevas palabras que incorporar en los diccionarios. Y la capacidad de moldear que tiene la lengua que las acoge es, como tú dices, «un bello ejemplo del funcionamiento profundo de las lenguas». También lo es la capacidad de crear neologismos y por tanto de tener recursos para adaptarse a las nuevas oleadas de significados.

    El catalán es un ejemplo de lo contrario. Aunque es verdad que tiene una gran capacidad para adoptar palabras de otras lenguas, no siempre es capaz de crear con naturalidad significantes propios de la misma manera que lo hace el castellano o el inglés, que presenta neologismos prácticamente cada día en los periódicos. No es que la lengua esté enferma, pero «fa mala cara». Esto genera unos complejos, y un miedo a «la invasión de los extranjerismos», que es completamente natural cuando uno ve que la lengua pierde usos en algunos ámbitos. Es probablemente este complejo traumático el que hace que nos asustemos cuando vemos una expresión catalana adoptada por otra lengua (y en particular, por el castellano) y modificada (castellanizada). Cuando, en realidad, tendríamos que alegrarnos, no sólo del hecho de haber enriquecido otra cultura, sino también del excelente estado de salud de esta lengua que ha acogido «nuestra» expresión.

    Esto abre un profundo (y habitual) debate sobre la dicotomía intervencionismo o laissez-faire. ¿Todas las lenguas juegan con la misma ventaja, en este mar de interacciones culturales y lingüísticas? Si trasladamos el sujeto al ámbito de la educación, es muy fácil de ejemplificar con la típica metáfora del profesor que pide a los alumnos (un pez, un león, una serpiente y una hormiga, pongamos por caso) que suban al mismo árbol.

    Me encanta tu entrada, mademoiselle Alvarézzz! 😉

  3. Isabel dice:

    El engendro «pan tumaca» no tiene nada de bello y argumentarlo con que el español se escribe tal cual se pronuncia es aún más horroroso: todas las lenguas se escriben como se pronuncian. Argumentar sólo desde el punto de vista de un hablante de una determinada lengua nunca es válido. Adaptar por incultura lingüística nunca es válido. No emplear nuestros propios mecanismos lingüísticos para definir las cosas (pan con tomate) nunca es válido.

    • Elena Álvarez dice:

      Hola, Isabel.
      El post es mi opinión personal (como lingüista, pero subjetiva, claro), así que necesariamente está argumentado desde el punto de vista de un hablante (en este caso yo misma), de la misma manera que decir que tumaca un engendro horroroso es también una visión personal de un hablante concreto (en este caso, tú misma).

      Con lo de que el español se escribe como se pronuncia, me refiero a la característica (que no todas las lenguas tienen) de que en español hay una correspondencia (casi siempre unívoca) entre grafía y sonido. Es cierto que hay algunas letras con más de un sonido asociado (la C suena Z con E/I y como K con A/O/U), pero incluso en estos casos es predecible, frente a lenguas como el inglés en los que una grafía como la doble oo puede sonar como O en floor, como U en book o como A en blood, sin que podamos saber a priori cómo pronunciarlo.

      No estoy de acuerdo en que «tumaca» sea incultura. Creo sinceramente que es más bien habilidad lingüística y (aunque me temo que te va a parecer una contradicción) riqueza léxica. ¿No te resulta emocionante que una palabra aparentemente anodina como quisoco nos venga nada más y nada menos que del persa? La única diferencia que veo entre tumaca y quiosco es la lengua de origen y la época de entrada. Por lo demás, son bastante semejantes, extranjerismos al fin y al cabo.

      En realidad, todas las lenguas lo hacen (cada una amolda los extranjerismos a su sistema) y lo han hecho siempre. No decimos azza‘farán sino su adaptación azafrán, ni bring dir’s sino brindis, ni ahuacatl sino aguacate, de igual manera que los ingleses dicen sherry (y no jerez). Y lo mejor de todo es que estas adaptaciones se van creando gradualmente por el grupo de hablantes, de manera comunitaria, hasta llegar a una solución satisfactoria y estable consensuada entre los hablantes de manera tácita.

    • María del Mar dice:

      El inglés no se escribe como se pronuncia…

    • Gregorio Apellániz dice:

      Isabel: «pan con tomate» está muy lejos de emplear «nuestros propios mecanísmos lingüísticos». La palabra tomate procede del nahua tomatl, que por supuesto adaptamos siguiendo las reglas que tan bien describe Elena: ese final en «tl» era por supuesto inaceptable, y por eso migró a la ortodoxa terminación en vocal. Por supuesto, podrías objetar que en el siglo XVI los tomates eran algo nuevo, huérfano de nombre, lo cual no ocurre con el pan tumaca. Pues no es verdad; al principio muchos llamaron a este fruto «manzana de amor» (¡vaya si teníamos palabras!). En Italia los ortodoxos acabaron ganando la partida, y se lo llama, como sabes, «manzana de oro», pomodoro.

    • ooooo dice:

      Al fin alguien inteligente dijo algo al respecto.

  4. Mireia Vitry dice:

    La palabra «tomàquet» es un ejemplo del hecho que en el catalán, a diferencia del castellano, no siempre hay una correspondencia directa entre grafia y sonido. La «o» y la «e», cuando están en posición átona, se pronucian, directamente, «u» y «a» (en realidad, es un fonema llamado «vocal neutra», que no es exactamente una a, pero bueno).
    En realidad, si se escribe «tumaca» en castellano es porque la escritura adopta de la pronunciación de la palabra por parte de la gente, que en este caso imita la pronunciación catalana. De esta forma, «tumaca» se acerca a «tomàquet» fonéticamente, pero no gráficamente. Yo no lo llamaría «incultura lingüística» por parte de la academia, sinó «cultura lingüística (en este caso, fonética) por parte de la gente.

  5. Beatriz dice:

    Un artículo tan sabroso como una buena rebanada de pan tumaca. Todavía me estoy relamiendo.

    Mis alumnos de español suelen decirme: «¡Es que los españoles lo traducís todo!». Y se refieren a casos como «ratón» (el del ordenador) o «Guillermo y Catalina» (esto último a mí me parece ridículo hasta decir basta).

    Me gustaría preguntarte qué conexión hay (si la hay) entre adaptaciones léxicas como la del «pan tumaca» y la tendencia a traducir los vocablos extranjeros.

    Y ya puesta, ¿sabes dónde podría encontrarse más sobre los hispanismos adaptados a otras lenguas, como el caso de «sherry»? Sería fantástico para comentarlos en una clase multilingüe…

    Mil gracias.

    • Elena Álvarez dice:

      Me acuerdo de una antigua Espasa que tenían mis padres que hablaba de Carlos Marx y Federico Engels… La verdad es que no sé de dónde nos viene esa costumbre, pero si encuentro algo sobre esto y más hispanismos te comento…
      Gracias!

  6. Ferran dice:

    En realidad, no se dice «tomàquet» en todas las tierras catalano-hablantes. Hay muchas variantes:

    Tomàquet, tomàtec, tomàtic (masculino) o tomata, tomaca, tomàtiga i domàtiga (femenino).

    Se puede consultar en el Diccionari català-valencià-balear: http://www.paraulari.net/dcvb.asp?consulta=tom%E0quet

    Es decir, que «tomaca» [FON. tumákə] es palabra catalana y aceptada en el diccionario «académico»: http://dlc.iec.cat/results.asp?txtEntrada=tomaca&OperEntrada=0

  7. oriol prunés dice:

    Servidor, que se gana el pan impartiendo clases de lengua castellana – española- en un instituto de Canarias, escribió «pendray» (plural «pendráis) el otro día en la pizarra. A los chicos, por poco, se les saltan los ojos de las cuencas.

  8. Roger dice:

    A la hora de crear un neologismo la lengua dispone de tres mecanismos: recurrir a una forma alternativa («mouse» > «ratón»), adoptar la forma original («hall») o bien adaptarla gráficamente («football» > «fútbol»). Yo creo que, en este caso, hubiera sido más adecuado optar por la primera y llamarlo «pan con tomate».

  9. miguel dice:

    ‘Pan con tomate’ es largo y aburrido. Pan tumaca suena bien, es un préstamo simpático.

  10. miguel dice:

    ‘Pan con tomate’ es largo y aburrido. Pan tumaca suena bien, es un préstamo simpático. Dan más ganas de comerlo.

  11. pepino dice:

    No me gusta nada lo de «pan tumaca», me parece una agresión en toda regla. Como catalán viviendo en Madrid media vida, siempre he dicho «pan con tomate» y no se me ha muerto ningún familiar ni ningún amigo por oírlo de esta manera.
    Decir «pan tumaca» no enriquece el castellano, lo empobrece y lo embrutece porque suena fatal y porque no hace ninguna falta crear esa nueva expresión.
    Personalmente, cada vez que leo «pan tumaca» siento el mismo escalofrío que cuando veo ese ojo de vaca cortado con una navaja barbera.
    Un niño pequeño podría aprender sin ninguna dificultad a decir carnet y no carné, estáis creando vagos que a la que les molesta una letra, se la comen. Una de las ventajas del castellano sobre otras lenguas es que se leen todas las letras pero ello no se ha de conseguir quitando letras. (A ver cuánto tarda el bobo de turno en traerme el ejemplo de la h).

  12. Guillem S. dice:

    «Muchos autóctonos considerarán (quizá con razón) que esta deformación macarrónica y pelín grotesca denota poca sensibilidad lingüística. Habrá quien sostenga que es un ejemplo del paletismo idiomático» Pues sí, todo eso.

    Pero claro, si alguien es capaz de escribir «cederrón, cederrones» sin sonrojarse, entonces ya puede escribir cualquier cosa.

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